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domingo, 26 de octubre de 2008

LA PARCA


viernes, 24 de octubre de 2008

ELLA LARAÑA


(…) extendí la mano y la arranqué, y de debajo de aquella cosa sin nombre, que era su habitación, salió la araña. Una araña horrible, negra, velluda, con las patas cortas y el cuello abultado y glutinoso.No sé qué fue más pronto, si salir el animalucho aquel de su escondrijo, o tirarme yo al suelo desde lo alto de la escalera, con peligro de romperme un brazo, todo asustado, todo conmovido, como si hubiese visto animarse uno de aquellos vestiglos de piedra que se enroscan entre las hojas de trébol de la cornisa y abrir la boca para comerme crudo.
(...) Yo, repuesto del susto y queriendo vengarme en ella de mi debilidad, comencé a coger cantos de los que había allí caídos, y tantos le arrojé que al fin le acerté con uno. Después que hubo muerto la araña, dije: «¡Bien muerta está! ¿Para qué era tan fea?». Y recogí mi cartera de dibujo, guardé mis lápices y me marché tan satisfecho.
(…) he aquí que comienzo a perder el hilo invisible de las misteriosas relaciones de las cosas, y que al volver a la razón empieza a faltarme la extraña lógica del absurdo, que también la tiene para mí en ciertos momentos. No obstante, antes de terminar diré una cosa que se me ha ocurrido muchas veces, recordando este episodio de mi vida. ¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas? ¿Por qué nos ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras decimos de otros: «Que lloren, que para llorar se han hecho»? Cuando pienso en todas estas cosas, me dan ganas de creer en la metempsicosis. Todo sería creer en una simpleza más de las muchas que creo en este mundo.

sábado, 11 de octubre de 2008

HALLOWEEN 08.


Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento...